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sábado, 31 de marzo de 2012

El río y nosotros, YANNIS RITZOS


EL RÍO Y NOSOTROS

                   5. Conversación bajo los árboles

Un hombre tendido en el suelo en una noche de verano
es como una mancha de sangre que absorbe la tierra,
como una alargada forma ocre en el mapa desplegado sobre la mesa
bajo una lámpara humeante. No se distinguen
cordilleras ni líneas ferroviarias. Sólo la forma
plana de la tierra. Y su sueño es desconocido
más desconocido que el más desconocido de los rostros
lleno de escaleras y pesadillas y milenios
de la vida de los peces, de las aves y de los astros.

Más allá están las alambradas. Se las avizora
cuando la luna se engancha en ellas para elevarse
y queda allí como el herido tomándose su costado.

—He visto, digo, ríos muertos.

—El río que anegó los campos y las cabañas
se ahogó junto con los ahogados.

—He visto ríos muertos.

—El río que dio de beber a las ovejas y los pastores
que puso en movimiento los molinos
que regó los árboles
está ahora en los nietos de los corderos
en el canto vespertino del pastor
en el pan de la cena
está en los árboles que miras, en el fruto que comes.

—Pero el río, ¿dónde está el río? Miras el árbol,
el árbol es hermoso, dices, hermoso el canto del atardecer
es sabroso el pan, sabroso el fruto. Pero el río
¿dónde está el río? Nadie recuerda el río.
No tiene ya medida ni color ni nombre.
He visto, digo, ríos completamente muertos.

—El río fluyó al mar. Creció el mar.
El río creció. No tiene nombre.
—El río se convirtió en mar. No tiene nombre.
—El nombre del río es mar. No tiene nombre.
—Tiene el nombre del agua extensa y profunda.
—¿Cuál es entonces vuestro nombre?
—Nosotros.
—He visto ríos muertos. El anonimato...
—El anonimato no. El miedo al anonimato es la muerte.

Escuchábamos junto a nosotros el río
que arrastraba las hojas de plátano de la luna.

YANNIS RITZOS. Versión de Horacio Castillo.




Nuestra vida en Farés, YANNIS RITZOS


NUESTRA VIDA EN FARÉS

MUY supersticiosos nos hemos vuelto después de tantos fracasos -
ponemos atención a las sombras de los pájaros y de las hojas,
escuchamos sonidos nunca oídos, caminamos marcha atrás,
entramos, tarde, al anochecer, en el templo pisando de puntillas,
quemamos incienso en el hogar, echamos aceite en las lámparas,
colocamos en el alta mar nuestra moneda de cobre,
nos acercamos al oído de Zeus y le preguntamos con murmullos:
"¿Cuándo?" "¿Desde dónde?" "¿Con qué?" Y en seguida, después
nos tapamos bien los oídos, nos vamos. Cuando llegamos fuera del mercado
destapamos de repente nuestros oídos -
la primera palabra que nos llega es la contestación
que nos manda Zeus. Nunca la palabra coincide con aquella que deseábamos que fuera -puede que no la oímos bien. Y
de nuevo comenzamos el mismo aburrido proceso -
el templo, las lámparas, la moneda y el mercado, hasta el momento
en que cierran las tiendas, se apagan los candiles,
y nosotros, en la calle, solos, letra por letra, poniendo al revés
las sílabas, sin que nunca lleguemos a la conclusión de lo que deseamos que sea.
Así, pues, gastamos nuestra vida ahora en Farés
entre el desierto mercado y el oráculo de malos augurios.

YANNIS RITZOS, en "Repeticiones". Versión de Dimitri Papageorgiou para las selecciones d epoesía universal de Plaza & Janés Editores: Barcelona, abril de 1979.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Helenidad, YANNIS RITZOS.



"Cuando aprietan la mano, el sol va seguro por el mundo;
cuando sonríen, una golondria chica escapa de sus barbas salvajes;
cuando duermen, doce estrellas caen por sus bolsillos vacíos;
cuando se matan, la vida tira cuesta arriba con banderas y tambores".



Fragmento de "Helenidad" de Yannis Ritzos, en versión española de Dimitri Papageorgiou. Plaza & Janés, Selecciones de Poesía Universal: Buenos Aires, abril de 1979.


Poema musicalizado por Mikis Theodorakis. En el enlace, canta el compositor con la fuerza de "la manos pegada al fusil".


HELENIDAD


I


   ESTOS árboles no se acomodan con menos cielo,
estas piedras no se acomodan bajo los pasos forasteros
estas caras no se acomodan más que al sol,
estos corazones no se acomodan más que a la justicia.


    Este paisaje es duro como el silencio,
aprieta en su pecho sus piedras ardientes,
aprieta a la luz sus huérfanos olivos y viñedos,
aprieta las mandíbulas. No hay agua. Sólo luz.
El camino se pierde en la luz, y la sombra de la tapia es de hierro.,
se petrifican los árboles, los ríos y las voces entre la cal del sol.
La raíz tropieza en el mármol. Juncos polvorientos.
La mula y la roca. Jadean. No hay agua.
Todos tienen sed. Hace años. Todos mastican un bocado de cielo encima de su amargura.
Sus ojos están rojos por el insomnio.
Una profunda hendidura acuñada entre sus cejas
como un ciprés entre dos montes al ocaso.


   Su mano está pegada al fusil,
el fusil es la continuación de su mano.
Su mano es la continuación de su alma-
tienen en los labios la ira
y tienen la pena profunda -hondo en sus ojos
como una estrella en un hoyo de sal.

Cuando aprietan la mano, el sol va seguro por el mundo;
cuando sonríen, una golondria chica escapa de sus barbas salvajes;
cuando duermen, doce estrellas caen por sus bolsillos vacíos;
cuando se matan, la vida tira cuesta arriba con banderas y tambores.
Tantos años de hambre, de sed, todos se matan acosados por tierra y mar,
el bochorno comió sus tierras y el salobre regó sus casas
el viento derribó sus puertas y las escasas plantas de la plaza, 
por los agujeros de su abrigo entra y sale la muerte
su lengua es áspera como la piña del ciprés,
murieron sus perros envueltos en sus sombras,
la lluvia choca con sus huesos.


   Por encima de los picos humean petrificados la boñiga y la noche
vigilando el archipiélago enfurecido donde se hundió
el mástil roto de la luna.


   Se acabó el pan, se acabaron las balas,
cargan ahora sus cañones sólo con su corazón.


   Tantos años acosados por tierra y mar
todos tienen hambre, todos se matan y ninguno murió-
en los picos brillan sus ojos.


   Una gran bandera, una gran fogata toda roja
y cada aurora miles de palomas se van de sus manos
hacia las cuatro puertas del horizonte. 








Siempre, YANNIS RITZOS



SIEMPRE

  
   COMENZAMOS una conversación -se parte por la mitad.
Comenzamos a construir un muro -no nos dejan terminarlo.
Y nuestra canción, partida.
Todo lo acaba el horizonte.


   Por encima de las lonas pasan a manadas las estrellas
a veces cansadas, a veces amargas, sin embargo seguras
por sus caminos, por los nuestros.


   Y el día, hasta el más injusto, te deja en el bolsillo
una banderita azul y blanca de la fiesta de la mar,
te deja una bocanada de aire limpio
te deja en la vista la gracia de los ojos
que miraban contigo la misma piedra
que repartieron por igual el mismo dolor, la misma nube, la misma sombra.


   Todo lo hemos repartido, camaradas,
el pan, el agua, el cigarrillo, la pena, y la esperanza.
Ahora podemos vivir o morirnos
sencillamente y con belleza -con mucha belleza-
igual que si abrimos una puerta a la mañana
y decir buenos días al sol y al mundo.




Poema de "Tiempos de piedra", escrito en secreto Makrónisos y publicado 24 años más tarde.

Yannis Ritzos 
(1 de mayo de 1909, Monemvasia - 11 de noviembre de 1990, Atenas).