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miércoles, 28 de marzo de 2012

Helenidad, YANNIS RITZOS.



"Cuando aprietan la mano, el sol va seguro por el mundo;
cuando sonríen, una golondria chica escapa de sus barbas salvajes;
cuando duermen, doce estrellas caen por sus bolsillos vacíos;
cuando se matan, la vida tira cuesta arriba con banderas y tambores".



Fragmento de "Helenidad" de Yannis Ritzos, en versión española de Dimitri Papageorgiou. Plaza & Janés, Selecciones de Poesía Universal: Buenos Aires, abril de 1979.


Poema musicalizado por Mikis Theodorakis. En el enlace, canta el compositor con la fuerza de "la manos pegada al fusil".


HELENIDAD


I


   ESTOS árboles no se acomodan con menos cielo,
estas piedras no se acomodan bajo los pasos forasteros
estas caras no se acomodan más que al sol,
estos corazones no se acomodan más que a la justicia.


    Este paisaje es duro como el silencio,
aprieta en su pecho sus piedras ardientes,
aprieta a la luz sus huérfanos olivos y viñedos,
aprieta las mandíbulas. No hay agua. Sólo luz.
El camino se pierde en la luz, y la sombra de la tapia es de hierro.,
se petrifican los árboles, los ríos y las voces entre la cal del sol.
La raíz tropieza en el mármol. Juncos polvorientos.
La mula y la roca. Jadean. No hay agua.
Todos tienen sed. Hace años. Todos mastican un bocado de cielo encima de su amargura.
Sus ojos están rojos por el insomnio.
Una profunda hendidura acuñada entre sus cejas
como un ciprés entre dos montes al ocaso.


   Su mano está pegada al fusil,
el fusil es la continuación de su mano.
Su mano es la continuación de su alma-
tienen en los labios la ira
y tienen la pena profunda -hondo en sus ojos
como una estrella en un hoyo de sal.

Cuando aprietan la mano, el sol va seguro por el mundo;
cuando sonríen, una golondria chica escapa de sus barbas salvajes;
cuando duermen, doce estrellas caen por sus bolsillos vacíos;
cuando se matan, la vida tira cuesta arriba con banderas y tambores.
Tantos años de hambre, de sed, todos se matan acosados por tierra y mar,
el bochorno comió sus tierras y el salobre regó sus casas
el viento derribó sus puertas y las escasas plantas de la plaza, 
por los agujeros de su abrigo entra y sale la muerte
su lengua es áspera como la piña del ciprés,
murieron sus perros envueltos en sus sombras,
la lluvia choca con sus huesos.


   Por encima de los picos humean petrificados la boñiga y la noche
vigilando el archipiélago enfurecido donde se hundió
el mástil roto de la luna.


   Se acabó el pan, se acabaron las balas,
cargan ahora sus cañones sólo con su corazón.


   Tantos años acosados por tierra y mar
todos tienen hambre, todos se matan y ninguno murió-
en los picos brillan sus ojos.


   Una gran bandera, una gran fogata toda roja
y cada aurora miles de palomas se van de sus manos
hacia las cuatro puertas del horizonte. 








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